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Discursos funerarios · 22 min de lectura

Discurso para el funeral de mi abuela: seis ejemplos de sus nietos

Discurso para el funeral de mi abuela: seis ejemplos de nietos de 15 a 45 años, uno para tres primos a la vez y otro para el abuelo, cada uno con su duración.

Por el equipo de Goodbye App · 30 de septiembre de 2026

Las manos de una mujer mayor dando forma a una bola de masa blanda sobre una encimera oscura de cocina
Foto de juliane Monari en Pexels

En algún lugar de tu familia se ha tomado una decisión, seguramente por teléfono y seguramente con prisas: que uno de los nietos diga unas palabras en el funeral. Y te ha tocado a ti. Ahora tienes que escribir el discurso para el funeral de tu abuela. La has querido toda tu vida, y vas a estar de pie delante de personas que la quisieron durante más tiempo, y puede que dos de ellas te criaran.

Si buscas palabras para despedir a tu abuela, aquí tienes cinco discursos para una abuela y uno para un abuelo, en la voz de nietos que van desde una chica de quince años hasta un nieto de cuarenta y tantos. Uno está escrito para que lo lean juntos tres primos. Encima de cada uno va su duración, y detrás, una o dos líneas sobre por qué funciona o cómo leerlo. Después de los discursos vienen las partes que son cosa de los nietos en particular: hablar delante de sus hijos y convertir uno de estos discursos en el tuyo.

Lo que el discurso para el funeral de tu abuela le pide a un nieto

Hablas delante de sus hijos. Uno de ellos es tu madre o tu padre, que acaba de perder a su madre. Tus tíos están en la misma fila. Cualquier cosa que digas de ella es también, aunque no lo parezca, una frase sobre su infancia, y así la van a oír. Dilo de todos modos, y asegúrate de que nada de lo que digas compita con lo que ellos han perdido.

Seguramente solo conociste sus últimas décadas. Cuando llegaste tú, ya era abuela: más lenta, más tierna, con más tiempo y menos normas de las que recuerdan sus propios hijos. Es fácil sentir que esa versión no cuenta, o que no tienes derecho a levantarte mientras detrás de ti se sientan personas que la conocieron a los treinta.

Hay primos, y hay un solo turno. Una familia con ocho o doce nietos rara vez tiene ocho o doce discursos, y la pregunta de quién habla puede convertirse en una pequeña discusión en una semana que no la necesita.

El obituario y sus hijos se encargarán de contar su vida. Tú estás ahí por la parte de esa vida que pasó en su casa: la cocina al salir del colegio, las visitas de verano, las llamadas de los domingos, las normas que no valían en ningún otro sitio. Esa abuela era real, y en algunos sentidos era una persona distinta de la madre que tuvieron sus hijos. Solo sus nietos pueden describirla, y esta vez te toca a ti levantarte.

Elegir el discurso que más se parece al tuyo

Las abuelas de esta página son inventadas. Pon el nombre que le daba tu familia donde pone yaya o abuelita, y su plato donde está el pan con mantequilla y azúcar. La nota que va después de cada discurso explica qué lo hace funcionar, para que puedas hacer lo mismo con tu propio material.

Empieza por el discurso cuya situación se parezca más a la tuya, aunque no coincida nada más, y luego compara la duración que lleva encima con el tiempo que tienes. Las duraciones dan por hecho unas 130 palabras por minuto, el ritmo de alguien que lee despacio en una sala llena, así que la mayoría de estos discursos duran unos tres minutos y medio, el de tres voces unos cuatro y el de la adolescente unos dos.

Si necesitas versiones de uno o dos minutos, nuestros ejemplos de elogio fúnebre corto las tienen, junto con la respuesta completa sobre la duración. Si prefieres empezar desde una página en blanco y no desde un modelo, el método paso a paso está en nuestra guía para escribir un elogio fúnebre. Y si es a tu madre a quien escribes, hay una página aparte de elogios fúnebres para una madre.

De una nieta a la que ayudó a criar

Unos tres minutos y medio en voz alta. Una mujer de treinta y tantos cuya abuela la llevaba y la recogía del colegio y se ocupaba de las tardes mientras su madre trabajaba.

Desde los cinco años hasta los doce, mi abuela me esperaba todos los días a la puerta del colegio a las tres y cuarto, y después ya iba yo sola andando a su casa. Siempre llegaba pronto, siempre con el mismo abrigo azul. A las cuatro, en la mesa de su cocina, me esperaban dos cosas: un café con leche que era casi todo leche y una rebanada de pan con mantequilla y azúcar.

Así funcionaba nuestra familia. Mi madre era enfermera, con turno de día en el hospital, y las tardes eran de la yaya. Todos los días de colegio, hasta que terminé el instituto, se sentaba frente a mí en esa mesa y me hacía la misma pregunta. "¿Quién ha sido bueno contigo hoy, Botoncito?". Botoncito era yo. Nadie más tenía permiso para llamarme así.

No qué has aprendido. No si te has portado bien. Quién ha sido bueno contigo.

Cuando tenía siete años, la respuesta solía ser una niña que se llamaba Sofía y me dejaba sus lápices, y la yaya asentía como si fuera una noticia importante. Lo era. Algunos días la respuesta era nadie. No corría a arreglarlo. Me servía más leche y decía: "Pues mañana empiezas tú". Tardé años en entender lo que quería decir: mañana, sé tú la que es buena con alguien.

A los quince años dejé de contestar. Me sentaba a esa mesa con un auricular puesto y no le soltaba ni una palabra, durante casi un año. Ella preguntaba igual, todos los días. Hasta que una tarde de noviembre, cuando el instituto estaba peor que nunca, me quité el auricular y se lo conté todo. No me interrumpió ni una vez. Cuando terminé, dijo: "Gracias. Y ahora, ¿quién ha sido bueno contigo hoy?". Yo dije: "Tú". Ella dijo: "Bueno, por algo se empieza", y me cortó otra rebanada.

A las seis de la tarde mi madre llegaba del hospital, y antes de que se quitara el abrigo, la yaya ya le estaba dando el parte del día: quién había sido bueno, qué había salido mal, qué había comido yo. Mamá, las tardes eran de la yaya y las noches eran tuyas, y nunca noté un hueco entre unas y otras. Tú trabajabas para que yo pudiera tener todo aquello. Erais un equipo, las dos, y yo era la afortunada que estaba en medio.

Su última tarde buena me senté junto a su cama a las cuatro y le hice la pregunta. Se lo pensó en serio, como siempre me obligaba a pensármelo a mí. Nombró a dos enfermeras, al señor que pasa con el carro de la merienda y a mi madre. Luego dijo: "Ahora tú".

Así que tengo una cosa pequeña que pediros. Preguntadle a alguien a quien queráis quién ha sido bueno con él hoy, y luego quedaos quietos y escuchad la respuesta entera, como hacía ella.

Por qué funciona: la sala oye la misma pregunta a los siete años, a los quince y junto a su cama, y ve crecer a una niña sin que nadie se lo cuente. El nombre que la abuela le daba, dicho una sola vez, muestra lo que solo tuvo esta nieta. El párrafo dirigido a la madre hace el trabajo delicado. Le da las gracias sin medirla con su propia madre, y le da una parte de esas tardes en lugar de un sitio fuera de ellas.

De un nieto que vivía lejos

Unos tres minutos y medio en voz alta. Un nieto que creció en otro país, veía a su abuela una vez al año y solo hablaba la mitad de su idioma.

Yo no conocí a mi abuela como la conocíais la mayoría de vosotros. Crecí a nueve horas de avión, en otro idioma, y la veía tres semanas cada verano. El resto del año era una voz al teléfono los domingos por la tarde.

Yo hablaba más o menos la mitad de su idioma. Ella no hablaba casi nada del mío. Así que cada domingo mi madre me pasaba el teléfono, y mi abuela hablaba, deprisa y con cariño, y yo entendía quizá una palabra de cada tres. Al cabo de un tiempo dejé de perseguir las palabras y me quedé con el sonido. Por su voz sabía si esa semana le dolía la rodilla, o si estaba preocupada por mí. Yo decía sí y no y gracias donde no tocaba, y ella no me corrigió ni una sola vez. Seguía hablando, como si estuviéramos teniendo la conversación que ella quería.

Aprendió tres palabras de mi idioma por mí. Hola. Come. Grande. Eso era todo, y lo usaba de maravilla. En el aeropuerto, cada verano, me cogía la cara con las dos manos y decía: "Hola. Grande". Y luego, en su piso, antes de que la maleta llegara siquiera al dormitorio: "Come". He tenido conversaciones mucho más largas que decían muchísimo menos.

Aquellos veranos tenían una forma. El calor en la escalera hasta el quinto piso. El balcón lleno de hierbas en latas viejas. La sopa que hacía todos los días que yo estaba allí, porque a los siete años dije que me gustaba, y ella se lo tomó como una orden para los veinte años siguientes.

Durante mucho tiempo me sentí culpable por la distancia. Por no ir a verla más, por no aprender nunca bien el idioma, porque mis primos la tenían cada semana y yo una vez al año. Esta semana he decidido soltar eso. Para ella, tres semanas nunca fueron poco. Eran tres semanas, y llenaba cada día, y cuando yo me iba ya estaba contando los días para el verano siguiente. Nunca me echó en cara la distancia. Me quería desde allí.

Cada año, en la puerta de su piso, me decía lo mismo cuando me iba. Os lo voy a decir ahora, en su idioma, con el acento que a ella nunca le importó. [Su frase, escrita tal como suena.] Quiere decir, más o menos: ve con cuidado, y llámame cuando aterrices.

Una cosa más, para ella y para todos los que aquí hablabais su idioma con ella cada día. Voy a aprender el resto con mi madre, un poco cada semana. Ya es tarde para hablarle a ella en ese idioma. No es tarde para entenderos a todos vosotros.

[Su frase], [el nombre con que la llamabas]. Iré con cuidado.

Por qué funciona: la distancia se nombra en la primera frase, y la culpa se suelta a la vista de todos en lugar de pedir perdón por ella. La sala ya sabe lo lejos que vivía. Lo que quiere saber es cómo eran aquellos veranos. Luego una sola frase en su idioma hace lo que un párrafo en el de él no puede. Ensaya esa frase con alguien que lo hable, y escríbela en tu hoja tal como suena, para que la ortografía no te frene en el atril.

Demencia: cuando me llamaba por el nombre de mi madre

Unos tres minutos y medio en voz alta. Una nieta de treinta y tantos, con su madre en la primera fila.

En sus últimos años mi abuela me llamaba por el nombre de mi madre, y yo la dejaba.

Mi madre se llama Carmen. Yo soy Lucía. Los primeros meses, cada vez que la abuelita me llamaba Carmen, yo la corregía. "Soy yo, abuelita. Soy Lucía". Y cada vez se le ponía en la cara una pequeña preocupación, como si hubiera cometido un error que no conseguía encontrar, y yo no podía seguir haciéndole eso. Así que un domingo, sin más, respondí al nombre de Carmen. Me sonrió como si acabara de volver del colegio.

Cuando creía que yo era Carmen, me hablaba como debía de hablarle a mi madre de niña. Me decía que me pusiera la rebeca, que hacía frío. Me preguntaba si había terminado la labor del colegio. Me preguntaba si aquel chico de la panadería me seguía acompañando a casa, y me decía, muy seria, que tenía buena mirada pero ningún porvenir. Aquel chico, resulta que es mi padre. Está sentado al lado de mi madre. Su porvenir salió bastante bien.

Me dijo que yo era la que nadaba más rápido de mi curso, y que sentía no haber ido ni una sola vez a verme. Me dijo que estaba orgullosa de mí por haberle plantado cara a la directora. Mi madre me ha confirmado lo de la directora. Nadie me la había mencionado en treinta y cuatro años.

Semana tras semana fui conociendo a una niña a la que nunca había visto. Una niña que nadaba rápido y cosía mal, que discutía con directoras y dejaba que un chico de la panadería la acompañara a casa. Una niña a la que mi abuela quería tanto que, cuarenta años después, todavía le preocupaba si iba bien abrigada.

Mi madre fue a verla todas las mañanas antes del trabajo durante tres años. Algunas tardes nada de lo que le decíamos llegaba a la abuelita. Pero los domingos yo me sentaba en el sitio de mi madre y oía lo que mi abuela llevaba toda la vida queriendo decirle a su hija.

Esta última parte es para mi madre.

Mamá, yo solo te estaba sustituyendo. Todo lo que la abuelita decía esos domingos te lo estaba diciendo a ti. Sentía no haber ido nunca a verte nadar. Estaba orgullosa de ti por lo de la directora. Pensaba que papá tenía buena mirada, dijera lo que dijera de su porvenir. Y quería que te pusieras la rebeca, porque hace frío. Lo apunté todo después de cada visita, en el dorso de los tiques del aparcamiento de la residencia. Hay ciento cuarenta en un sobre que llevo en el bolso. Son tuyos.

Gracias, abuelita, por dejarme conocerla. Y gracias por llamarme por el mejor nombre que conocías.

Por qué funciona: el hecho más duro está en la primera línea, y el discurso nunca intenta explicar la enfermedad; cuenta cómo fueron esos años para quienes los vivieron. La confusión se convierte en historia familiar, y al final el discurso se vuelve hacia su verdadero público, en la primera fila, y le entrega a la madre lo que se le dijo a través de otra persona. Enséñaselo a tu madre o a tu padre antes del día. Esas palabras eran para ellos, así que deja que decidan cuáles se leen en voz alta y cuáles se quedan en el sobre.

Un discurso corto para la abuela, de una nieta adolescente

Un elogio fúnebre corto para su abuela, de unos dos minutos en voz alta, escrito por una chica de quince años con sus propias palabras.

Soy Alba, y soy la más pequeña de los nietos de la abu.

La abu era la única persona que conozco que ponía puntos en los mensajes. En todos. "Hola Alba. Soy la abu. Has ganado." Sin signos de interrogación. Nunca. Y firmaba todos y cada uno de los mensajes con "Besos, la abu", por si yo pensaba que me escribía otra persona desde su móvil.

Lo de "Has ganado" era por el fútbol. Me lo preguntaba todos los sábados. No entendía nada de fútbol. Al portero lo llamaba "el que no puede correr", y le daba muchísima pena.

Cuando empezaron mis exámenes el año pasado, me escribía todas las mañanas a las siete. "Suerte Alba. Eres lista. Besos, la abu." Todas las mañanas durante tres semanas. No siempre le contestaba. Ojalá le hubiera contestado más. Pero los guardé todos. Tengo doscientos once mensajes suyos en el móvil, y todos acaban igual.

La última vez que la vi, me pidió que le enseñara a mandar una foto. Así que le enseñé. Me hizo una desde el otro lado de la mesa y me la mandó en el momento. El mensaje decía: "Esta eres tú. Besos, la abu."

En su casa, si llovía, podías tomar el postre antes de la cena. Era su norma. En casa de la abu llovía mucho.

No sé muy bien cómo terminar esto. La abu siempre decía que, cuando has dicho lo que venías a decir, se pone punto final. Así que voy a ponerlo como lo ponía ella. Besos, Alba.

Para el adulto que ayuda: deja que un adolescente decida si quiere hablar, y que pueda cambiar de opinión el mismo día. Respeta sus propias palabras, incluso las partes que tú pulirías, porque los puntos solo tienen gracia cuando es una chica de quince años la que se ha fijado en ellos. Imprímelo en letra grande, y que un adulto de su confianza esté a su lado con una copia. Dos minutos son más que suficientes, y menos también vale.

Cuando hablan varios nietos juntos

Sí, en un funeral pueden hablar varios nietos, y la forma más sencilla es un solo discurso escrito para varias voces, no tres discursos seguidos. Cada uno toma una parte, nadie repite una historia, y la sala se encuentra con ella una sola vez, desde tres lados. El discurso de abajo es para tres primos y dura unos cuatro minutos en voz alta. Cada uno se queda con una habitación de su casa, y los tres dicen juntos la última línea.

El mayor: Somos once, así que hicimos lo que habría hecho la abuela. Nos repartimos la casa, a partes iguales, y tardamos dos días. Los otros ocho están de pie detrás de nosotros, y sus nombres están en el programa de la ceremonia. Yo soy el mayor, y me ha tocado la cocina.

En la cocina de la abuela aprendimos todos a ser útiles. Allí no se podía estar sentado con las manos vacías. La primera vez que te quedabas a dormir, con unos seis años, te daba un cuchillo pequeño y un barreño de patatas y te decía: "Pela fino. Las patatas cuestan dinero". Todos los domingos durante treinta años hubo entre nueve y veinte personas a su mesa, y ninguno de nosotros la vio nunca sentarse antes de que todo el mundo tuviera su plato. Podía darnos de comer a todos con una sola olla y aun así mandar a cada uno a casa con un táper de algo. Una vez le pregunté por qué nunca comía la primera. Me dijo: "Yo como mientras cocino. ¿Quién te crees que lo prueba?".

La mediana: A mí me ha tocado el patio. Su patio era casi todo tendedero. Las judías tenían un rincón y los rosales otro, pero lo importante era el tendedero, porque en el tendedero era donde escuchaba. Si algo iba mal, salías y le ibas dando pinzas. Nunca te miraba mientras hablabas. Miraba la sábana que estaba tendiendo, y de alguna manera eso hacía posible decir las cosas. Allí fuera le conté que había suspendido el examen de conducir, tres veces. Le conté que me iba a vivir a la ciudad. Le conté que me casaba antes de contárselo a mis padres, y ella tendió una funda de almohada entera antes de decir: "Bien. Ese sabe doblar la ropa".

La pequeña: A mí me ha tocado el salón. El salón era para las visitas, y para las noticias. Un día normal estabas en la cocina. Si algo importaba, te llevaba al salón y cerraba la puerta. Buenas noticias y malas, las dos. Bebés en camino. Notas de exámenes. La llamada sobre el abuelo. Ella se sentaba en el sillón verde junto a la ventana, tú en el sofá, y te escuchaba hasta el final antes de decir una palabra. Luego ponía la cafetera, y eso quería decir que todo iba a salir bien. Yo fui la última nieta a la que llevó al salón. Fue en primavera. Me dijo que no se iba a poner mejor, y luego me preguntó por mis exámenes, porque decía que ese era el tema más interesante.

El mayor: Desde que tenemos memoria, quien entraba por la puerta de atrás gritaba lo mismo. "¿Abuela?". Y desde algún sitio de la casa, ella contestaba: "Aquí estoy".

La mediana: Desde la cocina por la mañana. Desde el patio por la tarde.

La pequeña: Desde el salón por la noche, cuando importaba.

El mayor: Ahora la casa está en silencio, así que hoy somos nosotros los que contestamos.

Los tres: Aquí estamos, abuela. Todos.

Este discurso la reparte por lugares, y eso funciona cuando todos los primos la conocieron en los mismos años. Si os lleváis décadas, repartid por décadas, para que nadie cuente la misma historia dos veces. Ensayad el orden una vez, todos juntos y en voz alta, para que nadie se pierda su entrada. Dad a cada uno su propia copia impresa con sus líneas marcadas, y acordad quién sigue leyendo si a alguien se le quiebra la voz. Si sois más de tres o cuatro los que queréis una parte, o la parroquia solo permite un orador, que lea uno mientras los demás se ponen de pie y se les nombra, y que el resto hable en la comida. Si un solo nieto tiene que dar el discurso en nombre de todos los nietos, el mayor o el que estaba más unido a ella es la elección natural, pero el adecuado es aquel en quien se pongan de acuerdo los primos.

Discurso para un abuelo fallecido, de su nieto

Un elogio fúnebre para un abuelo, de un nieto de cuarenta y tantos, unos tres minutos y medio en voz alta, para un hombre que se guardó para sí sus duros primeros años. Una nieta puede usarlo casi sin cambios.

Mi abuelo hablaba más que nadie que yo haya conocido. Hablaba con los conductores de autobús, con el señor del quiosco, con la televisión y conmigo, de casi todo: el fútbol, el precio del pan, cómo saber cuándo un melón está maduro. De casi todo. Lo único de lo que nunca hablaba eran los primeros veinticinco años de su vida. Si le preguntabas, decía: "Bah, trabajé", y volvía al melón.

El domingo, su hermana pequeña, mi tía abuela Elena, me llamó desde el pueblo donde nacieron. En cuarenta minutos me contó lo que él no me había contado en cuarenta y cuatro años.

Dejó la escuela a los once años para trabajar en la fábrica de ladrillos con su padre. A los diecinueve llegó a este país con una dirección apuntada en un papel y sin una sola palabra del idioma. Durante cuatro años compartió habitación con otros cinco hombres y trabajó de noche en una lavandería, y cada mes mandaba a casa la mitad de lo que ganaba, para que Elena pudiera seguir estudiando. Me dijo por teléfono: "Todo lo que tengo, lo tengo porque él durmió en un cuarto con cinco hombres".

Yo no sabía nada de eso. Cuando colgué, pensé en el ajedrez.

Me enseñó a jugar al ajedrez cuando yo tenía ocho años. Tardaba diez minutos en cada jugada, a veces más, y si yo me precipitaba, me ponía la mano encima de la pieza y decía: "Mira primero todo el tablero". Yo pensaba que los viejos jugaban así y punto. Ahora creo que fue algo que decidió. Un hombre cuya juventud no tuvo tiempo para nada, que trabajó de noche e hizo colas para sus papeles y contó cada moneda, eligió pasar su vejez siendo la persona más paciente que ninguno de nosotros ha conocido.

Nunca nos contó lo duro que había sido, y antes yo pensaba que era una pena. Eso también fue una decisión. No quería que lo cargáramos nosotros. Quería que tuviéramos el fútbol y los melones y el ajedrez, y un abuelo que discutía con la televisión. Nos dio a propósito la versión fácil de sí mismo, y le costó toda la vida construirla.

Elena no ha podido venir hoy. Me pidió que os dijera que fue maestra cuarenta años gracias a él. Elena, gracias por contármelo. Ahora sé de dónde le venía la paciencia.

Abuelo, sigo jugando, y sigo siendo lento. Mi hijo tiene ocho años. Ya he puesto el tablero.

Por qué funciona: el descubrimiento tardío llega rápido, en un puñado de hechos y diciendo quién los contó, y luego se vuelve sobre recuerdos que comparte toda la sala, de modo que todos vuelven a ver sus propias tardes con él. El discurso nunca le reprocha que callara. Lee el silencio como una decisión tomada pensando en los nietos. Si esta semana te has enterado de algo que cambia al hombre que conociste, di dónde te enteraste, quédate con tres o cuatro hechos, y deja que expliquen algo que ya te encantaba de él. Si lo que mejor lo cuenta es un objeto que guardaba, el discurso del objeto de nuestros ejemplos de elogios fúnebres diferentes está construido sobre otro modelo.

Hablar delante de sus hijos

Cuéntales a tu madre o a tu padre y a tus tíos lo que piensas decir antes del día, para que nada les llegue por sorpresa. Hazle a cada uno una pregunta, por ejemplo cómo era ella cuando ellos eran pequeños. Conseguirás una historia que puedes usar, y sabrán que hablas con ellos, no por encima de ellos. No corrijas la historia familiar en público. Si tu tío cuenta mal una historia, déjalo. Algunos recuerdos son primero de sus hijos: la casa en la que crecieron, los años duros que vivieron con ella. Déjaselos a ellos, o pregunta antes de tomar uno prestado.

Dos manos muy ancianas y arrugadas, con anillos, apoyadas en las manos abiertas de una persona más joven
Foto de Mustak Jaman en Pexels

Un discurso para tu abuelita debería decir abuelita, y uno para tu yaya debería decir yaya. Usa el nombre por el que respondía en casa, fuera abu, nona, Oma o algo que solo decía tu familia. En algunos idiomas la propia palabra le dice a la sala de qué lado de la familia venía, así que usa la que usabas tú, no la formal.

Cinco preguntas que solo puede responder un nieto

Antes de tomar prestada una sola línea de los discursos de arriba, pasa veinte minutos con estas cinco preguntas. Están pensadas para el elogio fúnebre de un abuelo o una abuela, y las respuestas suelen ser las partes que nadie más en la sala puede contar.

Una abuela sonriente en la encimera de la cocina enseñando a su nieta pequeña, con un gorrito de cocinera, a dar forma a la comida
Foto de Mikhail Nilov en Pexels
  • ¿Qué se permitía solo en su casa? Quedarse despierto hasta tarde, el postre antes de la cena, el sillón bueno, la tele durante las comidas. Las excepciones que hacía contigo le dicen a la sala quién era ella contigo.
  • ¿Qué nombre tenía para ti? No el de tu partida de nacimiento. Si te da un poco de vergüenza, tiene que ir en el discurso.
  • ¿A qué sonaba o a qué olía su casa a una hora concreta del día? Las siete de la mañana, el domingo a mediodía, la hora antes de una comida familiar. Elige primero la hora, y los detalles vendrán solos.
  • ¿Qué contaba de la infancia de tu madre o tu padre? Pregúntaselo. Te da una historia de antes de que nacieras, y le da a tu madre o a tu padre un papel discreto en tu discurso.
  • ¿Qué guardaba? El cajón de los cordeles, todas las tarjetas de cumpleaños que le mandaste, tus fotos del colegio en orden en el rellano. Lo que guarda una abuela le dice a la sala a qué prestaba atención.

Elige una respuesta como base y usa las demás como detalle. Cuando tengas un borrador, léeselo en voz alta a un primo o a una prima. Un primo tuvo la misma abuela desde otro ángulo, y se dará cuenta de la historia que pertenece a otra persona: la que piensa contar tu tía, o la que le pasó a tu hermano y no a ti. También puede devolverte el detalle que habías olvidado.

Las preguntas que todavía vale la pena hacer

Al escribir esto, seguramente te has encontrado con las preguntas que nunca le hiciste: por qué se fue del pueblo donde nació, cómo era a los veinte años, qué quería decir con aquello que siempre decía. Algunas de esas respuestas siguen en la familia, y quienes las tienen están cerca de ti: sus hijos, y quizá un abuelo que todavía está aquí.

Nuestra lista de preguntas que hacer a tus padres antes de que mueran sirve igual de bien para un abuelo o una abuela, y nuestra guía para grabar tu voz para tu familia explica cómo hacer la grabación de verdad. Nadie tiene que hacer esto la semana de un funeral. Las preguntas suelen ser más fáciles de hacer cuando la casa vuelve a estar tranquila, y una tarde de esas respuestas, con una voz que conoces, es algo que puede guardar toda la familia.

En Goodbye App puedes escribir una carta a las personas que nombres y añadir una grabación con tu propia voz, y también puede hacerlo tu padre, tu madre o un abuelo que siga aquí. Tú eliges el día y la hora en que sale cada carta por correo electrónico, hasta dentro de treinta años, y queda privada hasta que se envía. Es gratis, en la web y en Android. Si el abuelo o la abuela que sigue aquí quiere escribir a los nietos, nuestra guía para escribir una carta a tus nietos está pensada para ellos.

Preguntas frecuentes

¿Cómo empiezo el discurso para el funeral de mi abuela? Con quién era ella para ti, en una frase sencilla que use el nombre con que la llamabas: "La yaya me esperaba a la puerta del colegio todos los días durante siete años". Luego entra directamente en una escena. Los agradecimientos y el resumen de su vida pueden esperar, o dejarse para el programa impreso.

¿Cuánto debe durar el discurso para el funeral de una abuela? Lo habitual son de tres a cinco minutos si habla una sola persona, y de dos a tres cada uno cuando hablan varias. Los discursos de esta página duran desde dos minutos hasta unos cuatro, y nuestra página de ejemplos de elogio fúnebre corto tiene versiones de uno y dos minutos.

¿Pueden varios nietos dar juntos un solo discurso? Sí. Escribid un solo discurso para varias voces, con una parte para cada uno, como hacen los tres primos de arriba. Si solo puede hablar uno de vosotros, uno puede leer por todos mientras los demás se ponen de pie y se les nombra.

¿Y si apenas conocía a mi abuela? Dilo en una frase, cerca del principio, y luego habla de la parte que sí conociste: las visitas, las llamadas, una tarde. Pide a tu madre o a tu padre una historia de antes de que nacieras, y di de quién es esa historia. Un discurso pequeño y honesto es mejor que uno grande y prestado.

¿Debe hablar un niño o un adolescente en el funeral de un abuelo? Solo si quiere. Dale a elegir, deja que cambie de opinión el mismo día, y ten cerca a un adulto de su confianza. Un niño más pequeño puede participar en la preparación, eligiendo un poema o haciendo una tarjeta.

¿Puede hablar un nieto en un funeral en la iglesia? A menudo sí, pero pregunta antes. En una misa de funeral católica, en muchas diócesis las palabras de recuerdo necesitan el permiso del sacerdote y van después de la comunión, justo antes de la última recomendación y despedida. Otras iglesias y religiones tienen sus propias costumbres, así que pregunta a quien dirija la ceremonia. Si no hay sitio, habla en la vigilia si la parroquia lo permite, o en el velatorio, junto a la tumba o en la comida.

¿Y si no consigo terminarlo? Para, respira y mira la hoja hasta que vuelva la frase, y dale una copia de repuesto a alguien de las primeras filas que pueda terminarlo si no vuelve. El resto está en nuestra guía para leer un elogio fúnebre sin llorar.

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